El trayecto de Puno a Cusco lo hicimos en bus-cama con la empresa San Luis, poco recomendable y vereis porqué.

Solo llegar y aunque no sea lo más importante, los sillones nos defraudaron un poquitín… pensábamos dormir a pierna suelta, pero uno de los dos asientos no tenia reposa pies. Jordi se quedó con el peor sitio, el que quedaba no era mucho mejor pero, al menos, estaba alejada de un alemán que comenzó con sus ronquidos solo empezar el viaje. Éramos en total 6 turistas (2 alemanes, 2 de Nueva Zelanda y nosotros 2) y dos peruanos.

Al llegar a Juliaca, ciudad donde llegamos en avion desde Lima dos días antes, aunque entredormidos se podían ver a mujeres que nos ofrecían torta o maiz inflado dulce y un un chico y una chica que de manera intercalada anunciaban a grito limpio la inminente salida del bus… ¡Cusco, Cusco!

Pasamos un buen rato parados y viendo como cargaban innumerables maletas, cajas y bultos varios al maletero. No sé si por esta sobrecarga, el bus durante 10 minutos no pasó de 10 km/h a lo sumo (pensé apesandumbrada que esa sería la constante durante todo el viaje) Claro que me equivoqué y poco a poco el bus fue despertando al mismo tiempo que yo iba adormeciendo plácidamente luchando con el remordimento que sentia de haberle dejado el peor sitio a Jordi, pensé en más tarde ofercele un cambio.

De pronto un gran alboroto me despertó. Al mirar a Jordi no encontré respuesta. No entendiamos qué estaba pasando. El bus estaba parado en alguna estación (más tarde descubrimos que era Sicuani) y no se sabia porqué algunos peruanos no habian dejado que continuara su camino. Sentí un gran miedo. Pensé que estábamos en un grave problema.

El inglés con el que habiamos comido ese día en la isla de Taquile nos explicó lo que pasaba. Entró apresuradamente en en departamento y comentó extenuado que en el piso de arriba les habian robado todo, y que revisáramos rápidamente nuestras mochilas. Ahhhh! bueno…. entonces imposible, aquí nos habiamos salvado. El departamento estaba perfectamente iluminado, no habia espacio, la puerta de entrada se atascaba y Jordi casi no habia dormido. Aquí no habia entrado nadie, seguro…

¿Seguro? Me pregunté cuando el aleman abrió el maletín que estaba detras suyo, entre la pared de final del bus y de su asiento donde guardaba una gran cámara a juzgar por el tamaño de éste. A los de Nueva Zelanda, un chico y una chica tambien les faltaba la cámara y dinero. ¡¡¡No podía ser!!! Efectivamente en nuestras mochilas tampoco estaba la cámara. Para tranquilizarme pensé que por precaución la habia dejado en las maletas que estaban en el portaequipaje. Tenia que localizarlas.

Costó que nos dejaran salir del bus, cuando lo hice fui en busca del conductor y lo convencí de que tenia que abrir el maletero y buscar mi maleta. Tarea complicada… miles de bultos y las nuestras muy provablemente detrás de todo. Subió al maletero y desapareció entre el equipaje.

Habia pasado mucho rato, la policia ya estaba poniendo orden y nos hacia sentir un poquito más seguros. La gente gritaba e insultaba a los ladrones que habian localizado hábilmente el inglés y sus compañeros de viaje. Al fín ví nuestra cámara en manos de un policia.

Parecia que todo habia acabado ya que tambien habian encontrado la camara del chico de Nueva Zelanda, pero no. Nos llevaron a una salita de la estación donde tuvimos que aguantar una redacción de acta estrambótica. Al menos una o dos horas más con la gente del autobús protestando y aquellos policías redactando minuciosamente el acta. Fue una situación cómica, graciosa. No tenian papel, tuvimos que dejarles nosotros. Internamente suplicaba que nos dieran la copia, lástima que no fue así. Tanto nosotros como el de Nueva Zelanda estabamos perplejos ante la situación.

Lo más triste fue imaginar la vida del chico al que encontraron con nuestra cámara. En su cartera apareció entre otros documentos 1 sol antiguo, fuera de circulación, el policia malo lo hizo pasar a una habitación y se oyeron varias bofetadas… los tres reaccionamos y todos queríamos protestar pero egoístamente todos pensamos que no era buena idea. Queremos pensar que es lo mejor que le podía pasar al chico, seguramente que todo quedaba en eso, en unas bofetadas y a la mañana siguiente lo dejarian libre, entrar en las cárceles de muchos paises de iberoamérica sería un trance dificil de superar para un chico que seguro no llegaba a 16 años.

Cuando todo estuvo arreglado y ya nos íbamos, el policía bueno me dio una notita sin que nadie se diera cuenta con el teléfono de su hermano Jorge que vive en Valencia. “Llama a mi hermano, que hace mucho que no hablo con él” – me dijo. Hace poco encontré el papel por casualidad, y decidí llamarlo. Suerte que lo hice, por que creo que hice muy feliz a Jorge. Saber que tu hermano, con el que hace mucho que no hablas, está bien, piensa en tí y además se inteta poner en contacto contigo de una manera tan original, es para alegrase, ¿no? Solo por esto, valió la pena pasar tanta angustia en Sicuani.