El sabado pasado fue día de deporte. Por la mañana en pleno sol, jugamos un partido de fútbol entre gringos y peruanos. Llegamos a la hora con el bus del equipo campeón (Land Rober siglo pasado). El equipo era mixto e íbamos con uniforme cocacola rojo. Las chicas de Sepahua iban descalzas, los chicos eran bastante buenos y con la calor que hacía no derramaban ni una gota de sudor. En cambio, todos nosotros desfallecíamos. Nos pegaron un baño, aunque el resultado oficial según el árbitro Padre Ignacio fue de 4 a 3 a favor de Perú. Las chicas gringas hicimos un papel bastante digno. Virginia y yo creamos bastantes ocasiones, Maria y Leticia se dejaron la piel. Jordi hizo paradas de ensueño, Sergio y Joan o Joao como se hace llamar demostraron sus dotes de buenos jugadores. Adrian tampoco estuvo mal, aun llevando las zapatillas de Vir, bastante más pequeñas que su pie. Maite no jugó porque esta algo tocada de un pie. Alberto falló muchas ocasiones pero sus quejas al árbitro nos salvaron de una paliza mayor.

Por la tarde tocaba gimcama. La asistencia fue buena. Aquí en Sepahua hay montones de niños. El premio consistia en una tarta que preparamos en el centro y que no estaba del todo cocida pero que se podia comer. Las pruebas ideadas por Sergio y Vir fueron muy divertidas y los trucos de magia de Adrián cerraron una tarde donde no sé quien lo pasó mejor, nosotros o los niños. Al finalizar las pruebas la leche con cacao que preparamos para una prueba de la gimcama desapareció en cuestión de segundos, hice vasos con botellas de plástico para que pudieran beber cuantos más niños mejor. También desaparació la olla.
Pese a este último hecho, no creais que aquí son frecuentes los robos, aunque el lugar es de extrema pobreza como nos recuerda diariamente Nati, las personas son honestas. Somos pocos los gringos y supongo que nos respetan todavía. La primera vez que fuimos de noche del albergue a Sepahua (40 min) andando temía por lo que nos pudiera pasar, pero al ir cruzándonos con la gente del lugar íbamos cogiendo confianza en ellos por la amabilidad con la que siempre te saludan.

Por la noche después de ir a pegar unos bailoteos a “Sincomentarios” se produjo un momento cumbre del viaje. “Carrera loca de motocarros”. El grupo de diez que fuimos a la discoteca, volvimos al albergue en dos motocarros, cinco personas más el conductor en cada uno de ellos, normalmente vamos solo dos o tres. Aquellos motocarristas estaban definitivamente locos, adelantamientos, baches, frenadas, pitazos… ni Alonso coge las curvas como aquellos dos. Llegamos todos con los pelos para arriba y riendo. Inolvidable.